Islandia rompe el naipe

11 abril 2011 – 15:46
Por Javier Solis.

Dos decisiones políticas han tomado los islandeses en estos últimos doce meses:

   1. El presidente de la república se negó a firmar el decreto propuesto por
   el primer ministro, que obligaba al gobierno a pagar la deuda de un banco
   nacional a los inversionistas británicos y holandeses en ese banco. Éste
   había quebrado víctima de las especulaciones financieras patrocinadas por el
   sistema financiero internacional. En vez de firmar, el presidente convocó a
   un referéndum - como el del TLC-. Los ciudadanos votaron casi unánimemente
   que no se debía la pagar esa deuda. También votaron abrumadoramente a favor
   de la creación de una asamblea que cambie las reglas de la vida política.
   Quitaron al gobierno y dejaron sin trabajo a los diputados. Más aún, obligó
   al nuevo gobierno a mandar a la cárcel a los banqueros. Hasta ahora es el
   único país que lo  ha hecho.

   2. También hicieron aprobar una ley moderna de información y comunicación
   que protege las fuentes informativas y da garantías a quien publique los
   secretos políticos de las mujeres y los hombres públicos. Cero secretos. Con
   secretos no hay democracia.

   La actividad industrial y económica en general se está recuperando en
   Estados Unidos y en Europa a base de bajar salarios y mantener alto el
   desempleo. Es decir, son los asalariados los que pagan los platos rotos. Los
   bancos, responsables de la crisis, siguen ganando y han puesto de rodillas a
   países tan amantes del trabajo como el español y el griego. Seguirán otros:
   italianos, portugueses, franceses y todos los miserables de Europa del este,
   engañados como nosotros con los espejitos del consumo  suntuario y los
   cantos de sirena de todos vamos a ser como Henry Ford, Nelson Rockefeler,
   Silvio Berlusconi o Carlos Slim. Todos esos pueblos van comino a la pobreza
   escandalosa que tenían después de la primera guerra mundial. O a la que nos
   describió magistralmente Charles Dickens.

   Contrasta, por eso, lo que está pasando en Islandia. ¿Podrá Islandia
   liberarse como país de ese monstruo de siete cabezas, que es el sistema
   financiero internacional?
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